Avenencia o ADR. Miguel Ángel Fernández Ballesteros.
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PROLOGO Avenencia es una de nuestras palabras más eufónicas. Y el concepto que la subyace es ancho y noble. Sustituye con ventaja al nebuloso acrónimo ADR (Alternative Dispute Resolution) que se ha convertido en el paraguas bajo el que se cobijan heterogéneas formas de negociación, mediación, peritajes, pactos y transacciones. En este libro avenencia y ADR se utilizan como sinónimos. Nuestra tradición está impregnada de avenencia. Quien lance su mirada hacia atrás reconocerá con facilidad un nutrido grupo de albedriadores, hombres buenos, comunales amigos, mandaderos de paz, árbitros y arbitradores, peritos y evaluadores, jueces de paz y jueces conciliadores. En suma: un cuerpo de avenidores que, en junto, formaban un sólido, extenso y eficaz mecanismo de remoción de conflictos. Algo así como el sueño de nuestro Legislador hecho rea]jdad. Nuestro tenue Legislador no lo sabe, pero la España de 1800 ya tenía todo lo que él ambiciona. Y lo tenía porque, el designio de la avenencia es universal. Los comerciantes, los gremios, los vecinos, los familiares y los socios, dejados a su natural, tienden a la avenencia y no a la litigación. Siempre ha tenido esta tendencia algo de candoroso en la expresión, de mesiánico en la defensa y de autoritario en la regulación. Pero no le restan un ápice a su fuerza como ideal ni a su bondad como ambición. La litigación ordinaria -el inflexible y arcaico ordo iudiciarum, que tan bien refleja nuestra LEC- quedaba sólo para los casos más extremos. Venía a ser como la última ratio, sólo usada de forma renuente cuando, efectivamente intentado, todo lo demás había fracasado. La incoación de un litigio siempre ha tenido algo de declaración de guerra. Rompe puentes, separa personas, tensa posiciones, exaspera la contradicción, es de lenta sustanciación y de impredecible resultado. A la natural inclinación a la avenencia se une hoy un elemento nuevo: el atasco jurisdiccional. El único modo que tiene la jurisdicción de enmendar su desarreglo es hacerse más pequeña. Mucho más pequeña. El problema lo es de nuetra cultura occidental y es un problema artificialmente creado. En el último siglo y medio, el Estado acaparador ha venido encomendando a los jueces todo aquello que requería una decisión. Tuviera o no alguna importancia y presentara o no alguna dificultad. Desde la apertura de escotillas hasta el concurso de acreedores. Desde la falda mal planchada a la impugnación de una fusión.

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